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Aviso a los lectores y curiosos: este blog se muda.

A partir de agosto de 2012 todo lo nuevo se publicará en http://dalemurra.blogspot.com.ar/

Obviamente, en el nuevo blog se mantienen los cuentos anteriores a esta fecha, aunque no así los comentarios.

Aufidersen!

Rojo y gris


legué a Perico un 20 de marzo. Ni bien bajé del sulky (en aquella época aún no había llegado el tren al pueblo) me sorprendió la nueva fachada del edificio central. Era desproporcionadamente grande para las treinta o cuarenta casuchas del lugar, y se olía en las caras satisfechas que esta enorme construcción era el orgullo del poblado. Adentro funcionaban, casi sin solución de continuidad, el almacén de ramos generales, la ferretería y el nuevo hotel del pueblo, el “Gran Hotel”.
    Mientras el botones me ayudaba con las maletas, traté de romper la distancia que suponía mi título de abogado haciendo alguna averiguación sobre el famoso descuartizador, “el carnicero de Perico”, como llamaba la prensa amarilla al sangriento asesino de los cinco peones rurales.
    -Ya nadie cree que esté en el pueblo -dijo, usando un tono más bien nostálgico de tiempos mejores, menos aburridos.
    -¿Desde hace cuánto no tienen noticias de él?
    -Y... si no recuerdo mal, lo mató al Severino hace unos tres años. Luego se lo tragó la tierra.  -Esto último lo dijo como quien anuncia la caída de un héroe.
    -Más o menos el tiempo que hace desde que no vuelvo por aquí -mentí, para ver si entraba en la broma. En realidad yo había tenido una fugaz visita al pueblo un año y medio atrás, para arreglar un papeleo inconcluso de una herencia.
    -Claro... -repuso distraído, más para darme la razón que por otro motivo.

    Fue un otoño atípico, si es que podemos llamar así a un verano que se obstinaba en no acatar las órdenes de desalojo del calendario. El calor se aferraba con uñas y dientes a las calles de tierra, se acurrucaba en los tejados. Las pocas lluvias no hacían más que reafirmarlo; apenas cedía unos grados para tomarse venganza pasado el chubasco con un nuevo embate pegajoso y soporífero.
    Todas las tardes, luego de la obligatoria siesta, me sentaba en el café que está en diagonal al hotel a tomar unas limonadas, con mucho hielo, y a observar el movimiento de los pocos transeúntes que se le animaban al calor. En la fachada de la nueva construcción se veían las postales que se repiten en todos los nuevos pueblitos pujantes de la provincia. Las señoras con las sombrillas. El organillero. La familia típica de la aristocracia terrateniente que viene a refirmar su glamour con olor a bosta, las niñas con vestidos rosa, los niños marineritos, los mostachos del jefe de familia ya amarillentos por tabacos caros, cubanos.

    Debo reconocer que, a diferencia de los tantos pueblos adocenados que visitaba anualmente por todo tipo de trabajos, Perico siempre me atrajo de forma especial. Bueno, siempre no. Fue a partir del primer asesinato que cambió radicalmente mi perspectiva de este lugar perdido. Empezó a calar hondo en mí la necesidad de seguir diariamente la crónica policial, de estar al tanto de todas las conjeturas, las policiales y las periodísticas. Cuando al fin podía regresar por alguna causa al pueblo (generalmente por casos de herencias) trataba de llenar los baches de la escasa crónica que podía reunir estando lejos con las diversas informaciones e hipótesis que tramaban los lugareños, casi siempre falsas y disparatadas. Que se había ido a otro pueblo. Que había sido descubierto y muerto por algún vengador anónimo que decidió enterrar cualquier evidencia en su contra.
    Sin embargo esta vez fue distinto. Noté en los periquenses una apatía muy grande por su otrora personaje ilustre, una especie de desilusión como quien ve desaparecer una vez más al político de campaña, nuevamente la rutina apenas salpicada por chismes de vieja. Nada que atraiga al periódico, a la policía, que hiciera que Perico, además de sus fértiles tierras, tuviera su propia leyenda agazapada en cualquier lugar, lista para dar el próximo zarpazo.

    Los días pasaban y la abulia general se iba haciendo carne en mí. Los testimonios que tenía que labrar, los sellos que debía tramitar ante las autoridades, todo se iba tornando más gris, más monótono que nunca. El calor ayudaba a limar los débiles matices que salpicaban los días, las horas.
    El rojo no combina con el gris, recuerdo que llegué a pensar. Siempre mis actos estuvieron marcados por una excesiva inclinación estética.
    Ese día tomé la decisión. Afuera llovía a cántaros. Mientras, en la piecita del hotel, yo ordenaba por enésima vez los recortes policiales y mis fichas. Mirando los charcos que se formaban en la calle, viendo cómo los mínimos detalles se degradaban en un pastiche sin forma, sin ángulos, resolví que este pueblo no merecía más mi interés. No fue fácil. Lloré por mi fracaso, por haber elegido una vez más el amor incorrecto, el no correspondido. El 28 de marzo enterré, ahora sí definitivamente, al “carnicero de Perico”.
    ¿Resurgirá una vez más el amor? ¿Habrá otro pueblo que me cautive hasta tal punto? ¿Que merezca mi esfuerzo, mis planes, mis huidas sigilosas, mis geniales despistes a la policía? En ese momento pensé, muy apenado, que no.

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