
oltó por un momento el changuito de las compras, sacudió sus pies sobre la alfombrita ubicada en la puerta para sacarse la arena de la suela de sus zapatillas y entró a la cabaña. Ordenó, fiel a su costumbre, todos los comestibles en su sitio. Los fideos y el arroz, en la alacena sobre la bacha. La leche, la cerveza y la manteca, en la heladera.
De afuera llegaban amortiguados los ladridos de dos perros, o a lo sumo tres. “Tesa”, como la llamaba su dueño, se puso a calentar el guiso que había sobrado de la noche anterior. Luego, al dirigirse a ordenar el dormitorio ubicado en el piso superior, se paró frente al espejo redondo debajo de la escalera. Como todos los días desde hacía varias semanas se puso a practicar las dos nuevas sonrisas que le había enseñado Patroncito. No le convencía el momento de la mueca en que los labios se despegaban y asomaban los dientes; le parecía muy artificial. El vidrio astillado del espejo (producto de una rabieta de Patroncito) le dificultaba la visión, pero era el único espejo que quedaba en la cabaña.
