
legué a Perico un 20 de marzo. Ni bien bajé del sulky (en aquella época aún no había llegado el tren al pueblo) me sorprendió la nueva fachada del edificio central. Era desproporcionadamente grande para las treinta o cuarenta casuchas del lugar, y se olía en las caras satisfechas que esta enorme construcción era el orgullo del poblado. Adentro funcionaban, casi sin solución de continuidad, el almacén de ramos generales, la ferretería y el nuevo hotel del pueblo, el “Gran Hotel”.
Mientras el botones me ayudaba con las maletas, traté de romper la distancia que suponía mi título de abogado haciendo alguna averiguación sobre el famoso descuartizador, “el carnicero de Perico”, como llamaba la prensa amarilla al sangriento asesino de los cinco peones rurales.

